Si entre todos mis gatos tuviera que elegir a tan sólo uno para tener de vuelta, elegiría sin duda la Pinta, y como buena mascota de Sinister, tiene una historia que contar.
Sus orígenes tienen toques míticos. Apareció sobre un arbol, dentro de una bolsa, como una gata de mínimas dimensiones haciendo lo posible para no moverse y así evitar una caída para la que no estaba preparada, al menos no tras una corta existencia llena de tragedias. Claro, pues no sólo fue arrojada por una anónima mano hacia mi casa, sino que además sufrió la traumática muerte de su madre, como pudimos comprobar cuando fuera de la casa yacía el cuerpo inerte, y por qué no decirlo, apachurrado, de una gata simil a nuestra refugiada, pero bastante más grande.
Los primeros meses fueron una lucha constante para Pinta. Por un lado, la debacle generada por el rechazo generalizado de los miembros de la familia por tener un gato más, y más encima hembra, mientras yo insistía en que la pobre cucha necesitaba nuestro apoyo. Luego, cuando fue aceptada -muy a regañadientes- vinieron los problemas de identidad. Mamá insistía en llamarla Pelusa, mientras yo le insitía en Pinta, y el resto de la familia optaba por decirle sencillamente Gata. Tras sobreponerse a sus problemas de identidad, Pinta de a poco fue ganando un espacio en casa. Mamá cada vez le decía menos Pelusa, y la gata cada vez era expulsada menos de casa, contraviniendo la doctrina del matriarcado que indicaba “mascotas afuera”.
Un día, por avatares del destino, Pinta se quedó adentro en la noche, hasta ese momento pecado capital del gato en mi hogar. En medio de la noche desperté y noté un bulto encima mío, tibio y con un movimiento ondulante. Ella era, quién más. Me gustó eso de dormir con gato, además que era invierno y tenía frío, pero a ella claramente le gustó más, y desde entonces no hubo cómo dejarla afuera.
Tampoco habían mayores razones para dejarla afuera. Primero estaba el tema de la calefacción-guatero con garras-, pero luego venían otras razones. Era demasiado tierno ver cómo ella luchaba por meterse entre las sábanas, escarbando y escarbando hasta lograrlo. Por otro lado, el tema de mayor preocupación, las necesidades fisiológicas de Pinta, se resolvieó mucho más fácilmente de lo esperado. Nada de tonta ella, seguía un patrón determinado para avisarnos de sus requerimientos. Primero iba hacia el ventanal y emitía uno de sus característicamente mínimos maullidos, casi como si quisiera emitir el sonido más bajo capaz de despertarnos. Si ello no daba resultado, caminaba apegada a la persiana, con lo que aumentaba algo el ruido. Si seguía durmiendo, no le quedaba más que volver a la cama, subirse a mi pecho, acercarse a mi cuello, y llevar una pata a mis párpados, cuidando no rasguñarme, pero haciendo lo posible por abrir mis ojos. Cierto, un par de veces me rasguñó levemente, pero ciertamente era mínimo considerando su tremendo esfuerzo.
Nunca la vi enojada, y más que juguetona, era cariñosa. Empalagosamente cariñosa. Aparecía en casa exáctamente cuando yo volvía desde la U, y no descansaba hasta quedar en mis brazos.
La gata perfecta, de eso no hay duda.
Los problemas vinieron cuando las hormonas comenzaron a hacer florecer sus instintos reproductivos. Pinta comenzó a tener un séquito de seguidores, y ella lejos de preferir a uno para ser el padre de sus hijos, los elegía a todos, y todo ante mis espantados ojos. MI gata, promiscua!!! cómo es posible! Tan posible como los dos embarazos que siguieron, dando forma a una casta de cuchos de entre quienes salieron algunos hijos memorables, como Benito, Whiskas, y el ya famoso Tontín. Con lo hogareña que era, no debió extrañarnos tanto que para el segundo embarazo ni siquiera se preocupara de buscar un lugar para dar a luz a sus crías, como las gatas hacen siempre. Nada de eso, dado el momento simplemente se subió a la cama de mi madre, donde sagradamente se veía la telenovela brasileña de media tarde, hizo su leve “miau” característico y tan, mi santa madre transformada en partera.
Tras ese traumático (para mamá) parto, decidimos que sería bueno operar a pinta, antes quel la población de gatos nos sextuplicara . Dicho y hecho, el procedimiento fue todo un éxito, con un postoperatorio que encontró a nuestra cucha adormecida por largas horas, pero ya caminando esa misma noche. Los siguientes días transcurrieron sin problemas, y llegado el momento, le retiré sus puntos. Lamentablemente, una vez hecho esto, ella decidió ir de paseo. Sólo puedo imaginar lo que ocurrió después, pero se me ocurre que tras notar que todos sus tests de embarazo salían constantemente negativos, Pinta decidió dedicarse a la gran vida, a lo que siempre le gustó. Una ninfómana, una gozadora de los placeres de la carne.
El retorno sólo ocurrió un mes después, cuando apareció como si nada, aunque algo más gorda. Debimos esperar un mes más para verla, y así durante seis meses, cada vez que aparecía, más gorda, con un pelaje más bello, a eso de la 19, para irse a las 6AM, tras dormir conmigo Después no la volvimos a ver en 6 meses y esa sería la última vez.
Siempre dicen que los gatos son traicioneros, y quizás podríamos aplicar el término aquí, considerando que la muy fresca esperó a operarse para mandarse a cambiar, pero en realidad prefiero pensar que las cosas tan así no fueron. Que quizás un tirano la secuestró o algo así. Que ella sigue maullando bajito por las noches, esperando a que yo la deje entrar de nuevo.